lunes, 5 de marzo de 2012

Huyendo de la Noche.

La noche se encaminaba y yo, aun desnudo en muchas formas, ni siquiera imaginaba como enfrentarla. Lo había hecho otra veces, pero siempre me olvido, en estos momentos mi memoria atenta contra mi y me empuja a improvisar cuando más necesito la precisión que solo la experiencia puede entregar.
Pero aquí estoy, desprovisto de armadura ante la profunda oscuridad. La luna me mira por última vez, con una sonrisa que tiene algo de burlesca y despiadada, para luego ocultarse tras esa loma que prontamente dejo de ver por completo. Me dispongo a ser devorado por aquel basto manto de negro semblante, pero segundos antes de hundirme en él mis pies se alejan, llevándome por extraños caminos.
Primero fueron las piedras, firmes y punzantes vallas que se interponían en mi huida; luego fuertes vientos que intentaban, por todos los medios posibles, detener mi andar y obligarme a volver; hubo ríos contra los que tuve que nadar, e incluso bosques que no querían verme pasar, y a mis espaldas el bacilar crepuscular se volvía al negro nocturno y me acechaba incesantemente.
Pero seguí sujeto a la convicción de que habría un lugar donde mi acosador de turno se vería imposibilitado de llegar, un lugar donde resguardar mi desnudo cuerpo que, gracias al escape, se veía más vulnerable que en un principio; una cueva quizás, una casa firme y abrigadora, o simplemente llegar donde la luz rechace a mi nocturno acosador y me reciba sin condiciones en su seno dorado.
No obstante, el andar continuaba y el descanso ni siquiera se divisaba. Las vicisitudes se hacían más terribles a cada paso, e incluso pensé en que seria más conveniente entregarse a la oscura perseguidora, terminando de raíz con tan sufrido andar. 
Las rodillas fueron las que decidieron, y en medio de la marcha se doblaron, dejando caer al resto de cuerpo al suelo; no opuse mayor oposición , el trayecto ya era demasiado largo, y ya no veía diferencia entre el tormento de seguir y el de ser atrapado por la despiadada noche. Ella no tardó, me absorbió por un momento y luego se fue, para volver cuando lo crea oportuno.
Me incorporé luego del episodio... miré mis manos, toqué mi cara, como buscando algún cambio en ella; quien sabe, quizás ahora tuviera la nariz en la frente y los ojos en el cuello. Pero nada de eso, la nariz estaba en su lugar, así como también los ojos, cada uno en su cuenca correspondiente. Ciertamente el paso del oscuro manto no era gran cosa, y el sufrimiento vino a mi solo cuando intente huir de la natural caricia de la oscuridad...

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