Cada uno es protagonista de su vida, de eso no hay duda. Aunque en algunos casos se note demasiado la mano del director, o en otros el mismo actor sea quien dirige, siempre nuestra vida tendrá en el tope del casting nuestro nombre.
Lo lindo de esto es que generalmente compartes escenario con otros actores, otros protagonistas de sus propias vidas, que vienen a aportar y a enriquecer nuestra obra. Es decir, se mezclan dos mundos, dos montajes, con dos diferentes perspectivas.
Así muchas veces nuestros coprotagonistas nos roban la película, aunque sea por un tiempo, convirtiéndose en parte esencial de la puesta en escena, volviendo insulsos los momentos en que no coincidimos en las tablas.
He visto como muchas obras se confunden de tal forma que se hace imposible distinguir la una de la otra, donde llega a parecer que hasta los monólogos los hacen de a dos. Es algo lindo, pero a la vez peligroso, ya que al separarse los guiones quedan demasiados espacios en blanco que antes se llenaban con una dupla actoral que difícilmente actuara junta una vez más.
Ahora que menciono los guiones; creo que son algo muy particular, puesto que los vamos armando conforme actuamos. Improvisamos diariamente, cada paso, aunque a veces pareciera que repetimos una y otra vez nuestras pasadas actuaciones. Es que la memoria es una gran aliada cuando debes ir improvisando por ahí. Aunque nuestros flashbacks son tan débiles que terminamos por cometer los mismos errores, o incluso algunos peores. Las mismas fallas, pero con la sensación de haber improvisado…